Las palabras son mágicas, curan, unen, pueden ser imaginadas y se plasman aquí para ser disfrutadas. Deja a tu alma unirse a la mía, recorrer nuevos mundos, inventar nuevos personajes y vivir con ellos las palabras de sus aventuras.
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miércoles, 19 de diciembre de 2012

CAPÍTULO XIX

Encendí la luz de la lamparita que había en mi mesilla de noche y miré el reloj despertador. Eran las seis de la mañana. Fui a la cocina y me preparé un tila doble. Cogí mi móvil y comprobé en la agenda que tenía el número de Rocío. Desde que estuviera en Lisboa sabía que debía llamarla, pero el transcurrir de los acontecimientos no me había dado un momento de respiro para poder llamarla. Lo haría a primera hora de la mañana. Sabía que a Rocío le gustaba madrugar. Solía salir a caminar a primera hora de la mañana, antes de comenzar su trabajo en la consulta. A ella le gustaba despejarse antes de adentrarse en las mentes ajenas. Decía que le permitía despejar la cabeza de cualquier pensamiento que después pudiera distraerla; el paseo le ayudaba a colocar su mente, a ordenar sus quehaceres y, de paso, movía las piernas, lo cual era muy importante teniendo en cuenta el tiempo que pasaba sentada. Si sus costumbres no habían cambiado saldría alrededor de las siete y media. Apuré la tila y fui a cambiarme. Busqué un chándal, unos calcetines de deporte y rescate las zapatillas de deporte del fondo de mi zapatero. La verdad es que no hacía mucho deporte, por no decir que no hacía nada de deporte. Tenía el chándal y las zapatillas para ir al campo o para acompañar a mis hijos a sus actividades. Así no desentonaba en las actividades deportivas. Me recogí el pelo en una coleta de caballo. Me miré al espejo. Hacía mucho tiempo que no me recogía el pelo. A Alan no le gustaba. Solía decirme que le gustaba ver ondear mi melena cuando soplaba el viento y que el pelo recogido me hacía parecer mayor. Esperando a que dieran las siete para llamar a Rocío caí en la cuenta de que no la había avisado para el funeral – homenaje a Alan. Se iba a enfadar conmigo, con toda la razón. A las siete menos cinco no pude esperar más y le di a la tecla de llamar que aparecía bajo su nombre en teléfono móvil.

- ¿Rebeca? – Claramente mi número también aparecía en la pantalla de su teléfono - ¿Qué ocurre? – preguntó alarmada.

Tomé aire y me dispuse a hacerle un resumen con lo más importante que había sucedido.

- Hola Rocío – comencé -. Perdona que te llame a estas horas. Verás… es que… - Las palabras no conseguían recorrer el camino desde mi cerebro a mi boca.- Alan ha muerto Rocío.

- ¿Qué? – el tono de su voz era una mezcla de sorpresa y angustia. Becky, por favor, no puede ser.
- Sí, Rocío. Tengo mucho que contarte. ¿Puedo salir a caminar contigo y charlar?

- ¿Tu quieres caminar? – Ahora su tono era solo de sorpresa. Rocío me conocía bien.- Podemos tomar café si lo prefieres. No me pasará nada porque no camine un día.

- No, Rocío, no me importa caminar. Seguramente hasta me vendrá bien.- Le contesté.

- Bien. De todas formas, hoy tengo la mañana libre. Luego podemos desayunar juntas y pasar algo más de tiempo, si quieres.

- Te lo agradezco de veras Rocío. Estoy en tu casa en treinta minutos.-dije calculando lo que tardaría andando desde mi casa.

- Muy bien. Te espero en la puerta.- Dijo a modo de despedida y colgó el teléfono.

Escribí una nota para mi madre diciéndole donde estaba y recordándole mi número de móvil por si me tenía que llamar. Cogí una cazadora fina y de corte deportivo de color morado del armario que teníamos en la entrada y salí de casa. Por el camino intenté ordenar los acontecimientos en mi cabeza. Desde aquella llamada de Alan en la que parecía que me pedía permiso para salir a tomar algo con sus compañeros hasta el funeral que había organizado, mejor dicho, que había dejado que el jefe de Alan organizara, y donde ví a aquellos hombres tan extraños. . Llegué antes de lo que esperaba a casa de Rocío y me senté en la escalinata de la entrada a esperarla. Rocío vivía en una casa unifamiliar muy bonita, de color rojo teja y vallas blancas. Tenía un terrenito detrás donde Rocío había plantado un pequeño huerto, que era su orgullo y mayor entretenimiento. Vivía sola desde que su marido había fallecido hacía unos diez años y sus tres hijos se habían independizado. Tenía la consulta en la planta de abajo, con una entrada independiente y su hogar en la segunda. Podía recorrer ambas plantas con los ojos cerrados. Las conocía a la perfección gracias a los años que estuve visitándolas. A Rocío le encantaba decorar su casa con artilugios extraños que había ido encontrando en los lugares más recónditos del mundo o en los mercadillos más estrafalarios. Le gustaba viajar y perderse por la geografía mundial y cuando volvía siempre me dejaba boquiabierta con los relatos de lo que había conocido y vivido. Sentada en las escaleras de la entrada de su casa recordé una vez que me habló de su viaje al Tíbet. Había estado en Barkhor, el mercado cercano al templo de Jokhang, el monasterio budista más famoso de Lhasa. Le había encantado el Tíbet, de hecho aun seguía en su mente el irse una buena temporada allí y aprender algo más de los monjes budistas. Del circuito de peregrinación que era el Barkhor había traído una gema rarísima de color añil y un botecito redondo y bajo de cristal con pelo humano. No me dijo de quién era, pero intuí que de alguna celebridad tibetana. 
Al cabo de un par de minutos sentí que alguien se acercaba. Tal vez Rocío había intuido que llegaría antes de tiempo y salía ya. La puerta se abrió y giré la cabeza esperando encontrármela . Pero lo primero que vieron mis ojos fueron unos zapatos claramente masculinos, concretamente unos Fratelli Rossetti, de piel, estilo Oxford  y de color negro. Los conocía bien porque le había regalado un par a Alan en su último cumpleaños. Los había encontrado a muy buen precio en una página de internet y le hizo muchísima ilusión recibirlos. Era un hombre coqueto en el fondo.

Levanté la vista lentamente mientras por mi mente se dibujaban unas cuántas hipótesis sobre quién podía ser aquel hombre. La que iba en primer lugar era, sin duda, que sería algún ligue de Rocío. Mi supervisora era una mujer de cierta edad, pero que aun conservaba su belleza. Era delgada y esbelta y una tez sin arrugas y una mirada cautivadora hacían que fuera difícil descubrir su verdadera edad. Edad que yo, en una reunión de antiguas alumnas de la universidad, había descubierto sin querer. Rocío rondaba los sesenta, pero no aparentaba más de cincuenta. Mi mente sonreía ante la idea de que Rocío pudiera tener un affaire cuando mis ojos se toparon con los de él.

-      ¡Señor Ockham! – grité sorprendida.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

CAPITULO XVIII

Me dejé caer sobre mi espalda en la cama y suspiré profundamente tapándome la cara con las manos. Un sinfín de emociones desagradables me embargaban, recorrían mi cuerpo de arriba a abajo intentando salir.   ¿Por qué me había dado ese papel el camarero?
- No era para mi. Se ha equivocado - pensé.
Pero no era cierto y en mi fuero interno lo sabía. Me la había dado a mi y se había cerciorado de que la cogía. ¿En qué lío me estaba metiendo? Bueno, en realidad no me estaba metiendo en ningún lío. Solo era mi cabeza que quería construir un puzle al que le faltaban piezas. Una combinación de puzle y pesadilla que estaba alejándome del dolor por la pérdida de Alan. Recordé su billete de avión...Pero... y me deslicé hasta el suelo y lo pisé firmemente, ¿qué puzle? ¿Qué piezas? ¿Que misterio?
- ¡¡¡Pisa el suelo Rebeca!!! - me ordené enérgicamente. Y entonces quise tomar una determinación. 
- Mañana mismo iré a ver a Luis - dije en un susurro - Tengo que admitir que esto me supera.
Luis era un colega de profesión. Bueno, no exactamente. Él era psiquiatra y psicoterapeuta, además de un buen amigo. No acudiría a él en calidad de profesional, si no de amigo con potestad para recetarme algo que me ayudara a salir de esta espiral de paranoias en la que estaba entrando. Algo que me ayudara a no creer que vivía en una novela de misterio. En mi vida profesional no era especialmente partidaria de que mis pacientes tomaran medicación, pero tenía que admitir que había casos en los que, sin esta ayuda, sería imposible trabajar, Y ahora pensaba que, sin esta ayuda, iba a ser muy difícil seguir adelante, al menos al principio. Notaba como me acercaba peligrosamente a la barrera de lo patológico y necesitaba mi cabeza bien situada si quería ser el sostén de mi familia. Si quería ser mi propio sostén el futuro.
Me dirigí al baño y cerré la puerta. Tomé un baño con aceites relajantes y me sumergí todas las veces que  fueron necesarias hasta que puede empezar a llorar, a soltar toda la desesperación y la angustia que tenía en el pecho. No iba a saber vivir sin Alan. Él era el pilar sobre el que me apoyaba, él era el sostén de la familia, él era mi sostén. El que siempre estaba en casa cuando yo abría la puerta y me recibía con un "hola ¿qué tal tu día?", el que se reía cuando me ponía madre coraje, herida en mi narciso de madre de hijos estupendos, y hacía que me riera de mis propias reacciones. Él era mi compañero de vida, a quien deseaba por la noches y añoraba por las mañana cuando abandonaba la cama temprano para ir a trabajar.
Salí de la bañera exhausta y me sequé el cuerpo y me pasé el secador por el pelo. Me puse un pijama de Alan... aun olía a él.... y me metí en la cama. Creo que estaba tan cansada que me quedé dormida casi al instante, pero tuve unas pesadillas horribles. Yo corría por un camino ascendente de una montaña. alguien me perseguía, aunque no podía ver quién era. Corría angustiada, corría muy rápido, veía pasar los árboles  a toda velocidad por el rabillo de mi ojo derecho. Miraba atrás constantemente pero no veía a mi perseguidor. Llevaba un bolso colgado en bandolera que pesaba muchísimo. Mientras corría, tenía la sensación de que me cortaba el cuello con su peso. Sabía, con certeza, que debía proteger lo que había dentro. Entonces el camino se terminó, no había nada más... el vacío... Y como iba corriendo, no podía parar a tiempo y caía... Y me desperté bañada en sudor, con el pulso acelerado, como si de verdad hubiera estado corriendo, y muerta de miedo.

miércoles, 24 de octubre de 2012

CAPÍTULO XVII

Tenía los ojos hinchados de tanto llorar. Isabel me miraba compasiva mientras yo daba pequeños sorbos a mi café. La situación se me asemejaba a un mal sueño en el que yo era a la vez protagonista y espectadora. Ir a la sala donde estaba la urna era casi imposible y caminar entre la gente agotador. Lo que realmente me apetecía era terminar con aquella ceremonia, marcharme a casa y recogerme. Meter la cabeza debajo de la almohada y no salir de allí hasta que el dolor fuera soportable. Pasar por toda aquello me estaba desgarrando por dentro. Isabel me conocía tanto...
- Deberíamos escabullirnos y desaparecer de aquí - me dijo con una sonrisa amarga - nos iríamos al Viejo Tren y Samuel nos pondría una buena copa para brindar por Alan.
- Si... - dije arrastrando la palabra - no estaría nada mal. Pero quedaría un poco feo que la mujer del homenajeado se marchara.
Isabel asintió consciente de la realidad.
- Voy a pagar los cafés y a hacer acto de presencia en la sala - suspiré profundamente - Y creo que después cogeré la urna de Alan, me excusaré y desapareceremos de aquí ¿te parece?
- Claro Becky, como tu prefieras. Sabes que estoy contigo, en todo.
Me acerqué a la barra al tiempo que sacaba el monedero de mi bolso.
- ¿Cuánto es, por favor? -le dije al camarero que se acercaba apresuradamente hacia mi
- Dos con veinte, señora. -  me contestó
- Aquí tienes . Le di dos monedas de dos euros y esperé el cambio.
- Gracias - dijo al tiempo que me acercaba el platillo con el cambio
Cuando alargué la mano para coger las monedas el camarero rápidamente la aprisionó contra el platillo y con un casi imperceptible susurro me dijo:
- Rápido, coja el papel que hay bajo el ticket de los cafés. Que nadie le vea guardarlo.
Cogí el cambio y todo lo que había debajo y lo guardé en mi monedero que apenas cerraba. El papel que había bajo el ticket era demasiado grande, pero aún así logré meterlo y guardar el monedero en el bolso. El camarero se comportaba con total normalidad y a mi me temblaban las piernas como si acabara de cometer el mayor de los delitos.
Fui a la sala y me acerqué al jefe directo de mi marido. Le hice saber mi intención de terminar con el evento o, al menos, de poder marcharme con la urna de Alan a casa.
- Claro, por supuesto - respondió él comprensivamente - Esto ya ha durado lo suficiente y creo que todo el mundo ha tenido tiempo de pasar por aquí a expresar sus condolencias y despedirse de Alan. Márchate cuando quieras. Yo me encargaré de despedir a la gente. No te preocupes.
- De verdad te lo agradezco Mateo - le dije con sinceridad -. Estoy agotada y necesito estar con mis hijos. 
Nos dimos un afectivo abrazo de despedida y cada uno tomó una dirección. Mateo era un hombre mayor, que estaba a punto de jubilarse. Cuando Alan comenzó a trabajar en la entidad él ya tenía un puesto de responsabilidad y ayudó mucho a mi marido en sus comienzos. Siempre habían mantenido una buena relación y sabía que apreciaba a Alan de forma sincera.  Él siempre se refería a Alan como su "hijo laboral" y ambos hacían bromas sobre ello continuamente. Su cara y sus gestos expresaban la tristeza que le había producido su pérdida.
Me acerqué a los compañeros más queridos de Alana, aquellos a los que considerábamos amigos y me despedí de ellos con la promesa de vernos pronto. Acto seguido busqué a Isabel y enganchada de su brazo salimos de allí, con la urna en los brazos preguntándome qué iba a ser de mi.
Hicimos el trayecto en coche hasta mi casa en silencio. Las lágrimas volvían a resbalar por mis mejillas al pensar que entraría en casa y Alan no estaría para recibirme, que ya no estaría nunca más...
Cuando entramos en casa los niños estaban en la cocina con su abuelo. Le habían preparado una tila. Desde luego mis hijos me sorprendían con su actitud, tan enteros, tan maduros, haciendo de sostén de su abuelo. Eran los momentos en que sentía que Alan y yo algo tendríamos que ver en la formación de nuestras dos personitas. Mi madre estaba con mis cuñados y los tíos de mi marido en el salón, intentando mantener una conversación sobre Alan y sus virtudes. 
Entré en la cocina y los niños y yo nos fundimos en un abrazo que enseguida se hizo extenso a mi suegro. A Adrian le resbalaron algunas lágrimas por sus mejillas y me enterneció la entereza que intentaba mantener. Se había hecho mayor de repente. Sara se sentó en las rodillas de su abuelo y dejó que viera su cara, enrojecida por completo por su llanto.
Me preparé una manzanilla y fui al salón. La hermana de Alan y su marido debían irse, ya que Enric trabajaba y no había conseguido que le dieran más días libres. Antes de volver a su casa debían llevar a los tíos, así que decidieron comer algo y marcharse. Prometimos llamarnos y mantener el mismo contacto que cuando Alan vivía. Me resultaría fácil. Mi cuñada era una persona de trato fácil, que se amoldaba a cualquier circunstancia y con quien podía estar horas hablando. Su marido era, en resumen, una persona encantadora. Antonio, mi suegro, se quedaría unos días más. Los niños estaban encantados y, aunque a mi no me apetecía mucho tener visita, reconocía que era una figura perfecta para estos momentos. Nos vendría bien tenerle cerca y a él tenernos cerca a nosotros. 
Isabel se marchó a casa hacia las nueve, un poco después de que se marcharan mis cuñados y los tíos de Alan. Los niños se quedaron dormidos en el sofá y mi madre me ayudó a llevarlos a sus camas. Ella y Antonio se quedaron en el salón charlando, o quizá evitando el temido momento de la soledad cuando se fueran a sus habitaciones. Les di un beso en la mejilla y fui a prepararme un baño, pero cuando iba por el pasillo me acordé de la nota que el camarero me había dado furtivamente y , guiada por la curiosidad, fui en busca de mi bolso y me metí en mi habitación. Saqué el monedero y busqué el papel doblado que había cogido del platillo de la cafetería del tanatorio. Con los ojos aún empapados en lágrimas desdoblé el papel y vi lo que había escrito en él: "45 - 72 - 13 -21 - 89 -03 " y debajo lo que parecían cuatro fechas, tres de ellas tachadas: 09 -09 -2009; 10 - 10 -2010; 11 - 11 - 2011; y 12 - 12 -2012, que era la última, la que no estaba tachada y la que aún no había llegado.  


martes, 2 de octubre de 2012

CAPÍTULO XVI

Era raro estar allí celebrando un funeral sin el cuerpo de Alan. Solo aquella pequeña urna de cerámica que contenía su anillo y su cadena de oro con las dos chapitas, y que presidía el evento, nos recordaba que Alan estaba con nosotros. No me hacía a la idea de hacerle una despedida sin poder despedirme físicamente de él. Los jefes de Alan me lo habían pedido, ya que se le había hecho una despedida y un funeral al resto de los compañeros, cuyos cuerpos, o parte de ellos, sí habían aparecido. No me pareció mala idea. Al menos nos uniríamos en el pensamiento de la despedida. Me acompañó toda mi familia y parte de la familia de Alan. Algunos parientes no se habían podido trasladar a España así que solo estaban allí su hermana Cristine con su marido Enric. Habían dejado a los niños con los padres de Enric. Unos tíos de Alan, hermanos de su madre, se habían ofrecido a traer al padre de Alan y allí estaban los tres, sumidos en una profunda tristeza. No entendían cómo podía haber ocurrido aquella tragedia y tener la desgracia de no poder enterrar el cuerpo de Alan. Su padre estaba destrozado. Intenté consolarle y finalmente mi madre, que también se encontraba allí, decidió llevárselos a casa para que pudieran descansar. 
Adrián y Sara se encontraban allí también. Pusieron tanto empeño en estar presentes que no tuve fuerzas para iniciar una batalla que de sobra sabía que tenía perdida, que cedí sin poner mucha resistencia con la condición de que se irían a casa antes de las siete. Como mi madre se marchaba a las seis para llevarse al padre de Alan y a sus hermanos les propuse acompañarles y así hacer de intérpretes a su abuela. Ellos hablaban francés igual de bien que el castellano ya que su padre había puesto mucho empeño en que fueran bilingües y conocieran tanto el idioma materno como el paterno. Mi suegro hablaba castellano pero, la verdad, no creo que estuviera en condiciones de hacer de traductor para nadie. Se marcharon a regañadientes, aunque en el fondo felices de poder pasar algo de tiempo con su abuelo Antonio. Estábamos lejos y solo solíamos vernos en vacaciones de verano y algunos días en navidad. 
Había saludado prácticamente a todo el mundo que había acudido a aquella despedida. Muchos ya se habían ido, pero aun quedaba mucha gente en aquel salón del tanatorio escogido por el banco donde trabajaba Alan. Empecé a observar las caras de las personas que allí quedaban
Miré en derredor y vi el salón del tanatorio aún lleno, pero había mucha gente que ni siquiera conocía. ¿Quiénes eran aquellos hombres trajeados que me daban el pésame con voz de letanía y después desaparecían a través de la puerta que daba a la cafetería?
Propuse a Isabel ir a la cafetería, por curiosidad, con la excusa de tomar un café. 
La cafetería era un recinto cuadrado sin ningún motivo decorativo. Las sillas y las mesas eran de color gris apagado y metálicas; se disponían sin forma alguna en aquel espacio. Estaba claro que se podía disponer de ellas como se quisiera y moverlas según fuera necesario. La barra de la cafetería también era gris y en ella estaba cuidadosamente colocadas un montón de tazas para el café con sus respectivos platos y azucarillos. También había un grifo de cerveza y varias cámaras en las que supuse estarían los refrescos. Había algunos carteles hechos a ordenador en los que se podía leer los bocadillos de que disponían, su precio y algunos platos un poco más elaborados. 
Allí se encontraban aquellos individuos que de nada conocía. Podía presumir de conocer a prácticamente todos los compañeros de mi marido ya que acostumbraba a acompañarle a las cenas de empresa y a los acontecimientos que el banco organizaba. A todos menos a aquel de Lisboa. No solía ir a los congresos porque a menudo debía soportar innumerables horas de conferencias sobre datos bancarios, subidas y bajadas de interés, warrants y un montón de palabrejas más que a mi me sonaban poco menos que a chino mandarín. Las otras esposas de los compañeros de Alan y algunos maridos de las pocas ejecutivas que había tampoco solían acudir. Era como un acuerdo silencioso por el que los trabajadores pasaban un fin de semana en algún lugar del mundo sin sus cónyuges. A cambio solían traernos bonitos regalos que luego nos enseñábamos mientras compartíamos un café y comentábamos nuestras vidas. Casi siempre, por no decir siempre, todas teníamos los mismos o muy parecidos presentes. Nos hacía sospechar que algún avispado, o quizá alguna compañera compasiva, los compraba para todos. Aún así, agradecíamos el detalle y nos daba una excusa para juntarnos.
Y aquellos hombres no eran compañeros de Alan. Todos llevaban idénticos trajes negros, con camisa blanca y corbata negra. Llevaban el pelo, el que tenía el suficiente, engominado hacia atrás. Eran guapos, muy guapos, incluso los que parecían de mayor edad resultaban enormemente atractivos. De tez bronceada y ojos negros. Los miré a todos hasta que pude adivinar el color de ojos de cada uno: negro, de un negro intenso como nunca antes había visto. Y se movían de una forma extraña. Eran de movimientos medidos, suaves pero firmes, algo robóticos en las extremidades inferiores. Todos llevaban la cabeza alta, el cuello bien estirado y la espalda recta. Serían unos doce, así que de cualquier manera llamaban la atención. Hablaban entre ellos y con algunos compañeros de Alan que los miraban con una mezcla de admiración e incredulidad. Me acerqué al grupo que tenía más próximo y que se encontraba al lado de la barra. Rápidamente llamé al camarero para disimular.
- Por favor – dije de la manera más suave posible – Dos cafés con leche. Uno de ellos corto de café. Gracias
El corto de café era para Isabel. Ya se había tomado por lo menos cuatro cafés y no dejaba de llorar a escondidas. No quería que yo la viera llorar pero le delataba el pequeño enrojecimiento de sus lagrimales. Si seguía tomando café estaría sin dormir un par de días. La cuidaba con un interés puramente egoísta. Era mi mayor apoyo, así que no quería que después de ese par de días cayera en los brazos de Morfeo y me dejara sola cuando todo el mundo ya hubiera desaparecido. 
Agudicé los oídos para ver si conseguía captar algo de la conversación que estaban teniendo aquellos hombres con los compañeros de Alan.
- No, no – decía Roberto, compañero de Alan desde hacía al menos diez años, respondiendo a una pregunta que no había logrado oír – Ninguna actitud extraña en los últimos meses. Se comportaba como siempre. De hecho el martes que viene íbamos a ir a jugar al golf. Lo hacemos una vez al mes, ¿sabe?
A Roberto se le llenaron los ojos de lágrimas e hizo un esfuerzo por contener el llanto.
- Gracias señor Martín. No quería incomodarle – el que hablaba era joven y de cabellos cobrizos.
¿Actitud extraña? ¿Es que pensaban que a Alan le pasaba algo? Y porqué no se dirigían a mí. Yo era quien mejor conocía a Alan. Pensé si todos ellos pertenecerían a algún cuerpo especial de la policía. Parecía improbable. La policía ya había hablado conmigo para informarme de la situación cuando llegué a Lisboa. En España ninguna persona de los cuerpos de policía había hablado conmigo. Además, como no había cuerpo que trasladar tomé el avión de vuelta, sin declarar absolutamente nada. Era como llevar un recuerdo metido en la maleta.. Pero, ¡qué recuerdo!, pensaba yo. Todo mi amor se recogido en aquellas dos bolsas que iban en mi maleta; y cada vez que lo pensaba cerraba los ojos y pensaba en Alan, en su anillo y su cadena.
Llevé los cafés hasta una pequeña mesa y me quedé pensativa. Nunca había tenido dotes detectivescas ni un ingenio demasiado agudo para los misterios, pero se despertaba en mí una mezcla interés e incredulidad que me estaba empezando a hacer sospechar de todo lo que estaba ocurriendo. 
Desde luego no era un sueño. Me pellizqué varias veces para comprobarlo e incluso pellizqué a Isabel, que se quejó muy levemente. Si tenía que ver con un sueño era más bien una pesadilla y ya estaba siendo demasiado larga.

lunes, 1 de octubre de 2012

CAPÍTULO XV

No había nadie esperándome al llegar. Casi esperaba que el señor Ockham hubiera mandado un coche a recogerme, pero tuve que coger un taxi. Cuando llegué a casa no encontré a nadie. Miré la hora. Los niños debían estar en sus actividades y mi madre con ellos. Deshice la maleta despacio, coloqué todas mis cosas dejando las dos bolsas que me había traído de Lisboa para el final. Cuando terminé de colocar la ropa y las cosas de la bolsa de aseo me senté en la cama y miré las dos bolsas. Esa era nuestra cama, la que habíamos compartido durante tantos años y ahora ya no nos recogería a los dos juntos. 
Cogí la primera bolsa, la que contenía el anillo y la medalla de Alan, cosas que estaba segura eran de mi marido. Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas. ¡Esto era una pesadilla! El tono del móvil comenzó a sonar. Miré la pantalla: Isabel. Tenía que descolgar y contárselo todo. 
- Isa – aun se me notaba el llanto – te necesito aquí. ¡Ya! 
- Algo así imaginaba. Estoy en la puerta - respondió
Fui corriendo a abrir la puerta de casa. Allí estaba Isabel, plantad en la puerta con su bolso de Louis Vuitton y un peinado que pedía a gritos una peluquera. 
- Cariño mío – dijo al tiempo que entraba en casa y me daba un tierno abrazo - ¿Qué ha pasado? Tu madre no me ha querido aclarar nada. Solo me ha dicho que tuviste que ir a solucionar unos asuntos de alan , que me llamarías, pero no lo has hecho y me tienes de los nervios. De verdad, no se cómo puedes aislarte así del mundo. Bueno, que te aísles de los demás ben está, pero ¡de mi! Becky no te entiendo…. 
Isabel hablaba sin parar, y hablaba deprisa, y yo estaba empezando a desconectar de la conversación. Caminé hacia la habitación y ella me siguió, hablando, preguntándose dónde demonios me había metido. Entonces levanté la bolsa, la que contenía el anillo y la cadena, e Isabel se calló. Abrió los ojos desmesuradamente. Después de la boca, pero no dijo nada. 
- Ha sido un accidente – comencé – un incendió en el hotel donde se alojaban 
Isabel nunca había estado tanto tiempo callada. 
- Isabel, ¡por favor! ¡di algo! La zarandeé 
- Pero… si es una broma, es de las peores que me has gastado, en serio. 
- ¿Pero cómo voy a bromear con algo así? 
- ¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío! No puede ser, no puede ser… - Isabel hundió su cara entre sus manos y, por fin, rompió a llorar.
Cuando Isabel pudo calmarse le conté, con todo lujo de detalles, mi viaje a Lisboa, las conversaciones con el señor Ockham, mis sospechas sobre lo ocurrido y escuché atentamente su parecer. Nos encontrábamos en la cocina tomando café cuando sonó el teléfono. Descolgué y mantuve una pequeña conversación con uno de los superiores de Alan. 
- Bueno, debo preparar un funeral - le anuncié a mi amiga.

domingo, 30 de septiembre de 2012

CAPÍTULO XIV

Me desperté sobresaltada, por el ruido del teléfono, y desorientada; de repente no sabía dónde estaba, pero de un solo golpe todo se vino a mi mente. ¡Dios mío, no había sido un sueño! Busqué la luz y descolgué el teléfono al mismo tiempo que miraba la hora. Las diez. ¿Pero de la noche o de la mañana? 

- ¿Si? – conseguí decir 
- Señora Marfen, buenos días. Espero no haberla despertado – el señor Ockham era quien hablaba al otro lado de la línea y me había aclarado la duda del tiempo con sus primeras palabras – Su avión de regreso sale en tres horas y he pensado que quizá le gustaría desayunar algo antes 
- Ehh… esto… si, claro – me había pillado totalmente descolocada 
- Bien la espero en el vestíbulo. Procure no tardar o perderá el vuelo. 
- Por supuesto – respondí – bajaré en treinta minutos 
Me metí en la ducha con la pretensión de despejarme y volver a entrar en el mundo real. Repasé mentalmente todo lo ocurrido desde que me despedí de Alan el día que se marchó a Lisboa y yo me fui con los niños a casa de mi madre. Me parecía un mal sueño, una pesadilla de la que nunca me despertaría. Salí de la ducha y calibré la opción de secarme el pelo, pero recordé mi promesa de no tardar en reunirme con en el señor Ockham en el vestíbulo. Me vestí, guardé las pocas pertenencias que había llevado y las cosas de Alan, o las que parecían ser de él al menos, en la maleta y bajé al vestíbulo del hotel. 
El señor Ockham me esperaba de pie junto a la recepción. Entregué la tarjeta y pregunté a cuánto ascendía mi cuenta. 
- Nada, señora – me respondió en un perfecto castellano el recepcionista. Su cuenta ya ha sido pagada. 
Miré al señor Ockham que hizo un gesto leve con la cabeza, asintiendo. 
- No tenía porque, se lo agradezco – le dije. 
- No es molestia. Ya le dije por teléfono que los gastos corrían de nuestra cuenta. Suficiente dolor tienen ustedes ya. Vayamos a desayunar, tendrá hambre. He escogido un sitio de camino al aeropuerto 
- Estupendo – la verdad es que tenía hambre. No había comido nada desde el día anterior, aunque creo que tampoco hubiera podido hacerlo. Las emociones, negativas para mi desgracia, habían desplazado cualquier sensación y cualquier gesto de autocuidado, como casi siempre. Cuando me ocurría algo malo, no necesariamente catastrófico, tendía a olvidarme de comer, de peinarme y de algunos otros cuidados básicos.
Mi estómago me estaba recordando esto ahora. Según me había hecho mayor había desarrollado un especial cuidado por este tema y no dejaba que ningún sentimiento se interpusiera hasta ese límite entre yo y mi cuidado.
El señor Ockham me llevó a una cafetería sencilla, donde pude tomar las mejores tostadas que había comido en mucho tiempo. 
- Me encanta este sitio – dijo de repente el señor Ockham mirando fijamente a algún punto situado detrás de mi. 
- La verdad es que es un sitio acogedor – le respondí.- Señor Ockham… - empecé a preguntar sin saber si él estaba escuchándome. 
- Pregunte, señora Marfen. Se ha ganado el derecho a unas cuantas respuestas. Pero sepa, que negaré haberle dicho nada de lo que a continuación le diga. 
- Quiero saber qué ha pasado. Quiero decir ¿de verdad han muerto todos? ¿Por qué no han venido las parejas de los compañeros de Alan? ¿Es usted policía? ¿Por qué percibo tanto secretismo alrededor de esto. Si parece un accidente? ¿P…? 
El señor Ockham paró mi retahíla de preguntas alzando una mano 
- Vale, vale, vale. – lo dijo con una sonrisa, una que no había apreciado hasta ahora y que le hacía parecer aun más joven y atractivo – Vamos por partes. No puedo decirle a qué cuerpo de seguridad pertenezco exactamente, pero sí puedo decirle que las circunstancias del incendio aun están por esclarecer, aunque de cara a la galería, a los medios de comunicación, a las familias, ha sido un accidente provocado por un cortocircuito que se produjo en la habitación de su marido de madrugada. - Confío en su discreción.
- Por supuesto – confirmé -. Pero me gustaría estar al tanto de los avances de su investigación. 
- Le garantizo que yo mismo le informaré cuando tenga algo claro. Por desgracia – continuó - sí, han fallecido todas las personas que se encontraban en el hotel en ese momento. Desde luego todos los empleados del banco donde su marido trabajaba, ya que habían regresado temprano de tomar algo. Eso lo sabemos gracias a un sistema de reconocimiento que dispone el hotel donde se alojaban. El sistema es capaz de reconocer cuándo han sido abiertas las puertas de las habitaciones y si alguien se encuentra dentro. Igualmente cuando las abandonan. Todos los alojados en el hotel se encontraban en él cuando se inició el fuego. No quiero entretenerla con explicaciones de cómo hemos podido averiguar esto y dónde se encontraba cada huésped. Las demás parejas no han venido porque hemos repatriado los cuerpos, todos excepto el de su marido, que no ha aparecido. Solo las pertenencias que le he entregado. Nos pareció oportuno darle la posibilidad de venir e identificarlas en el sitio del accidente, aunque fuera duro. - 
- Se lo agradezco. Ha sido importante para mi poder hacerlo – no sabía porqué pero toda la rabia y el enfado que el día anterior había provocado en mi este hombre, hoy se tornaba en agradecimiento y una sensación de bienestar.-Aun así, no entiendo muy bien cómo sabían ustedes tanto acerca de mi… 
El señor Ockham me interrumpió: 
- Lo siento señora Marfen. Debemos irnos o perderá usted el vuelo. Quizá podamos charlar de esto en otro momento. 
Si, claro –pensé-. Quedaremos el próximo viernes para tomar café. La ironía inundó mi pensamiento. Otra ez me iba a quedar sin resolver todas mis dudas. 
La despedida fue algo más cálida de lo que fue nuestro encuentro, al menos por mi parte. El vuelo fue tranquilo y aproveché para ordenar mis ideas, los acontecimientos acaecidos y organizar mentalmente la vida de los próximos días.





miércoles, 26 de septiembre de 2012

CAPÍTULO XIII


Pensé que nos dirigíamos al hotel donde me alojaba, sin embargo el coche se detuvo frente al hotel donde Alan y sus compañeros habían estado. La puerta del hotel estaba acordonada con cinta policial y varios policías flanqueaban el lugar. El señor Ockham levantó la cinta para que pudiéramos pasar.
- ¿Será policía? - pensé - Seguramente, ¿cómo si no podía pasar así, sin pedir permiso a los agentes que estaban allí?
- Señora Marfen, si lo desea puede subir a la habitación donde se alojaba su marido en el momento del fuego, aunque creo que no sería necesario. No hay mucho que ver.
- Aún así quiero verla - respondí tajante - No sabía que era usted policía. De hecho he estado preguntándome quién demonios era usted desde que hablamos la primera vez.- mi voz era seca y mi tono desafiante. Estaba harta de tanto secretismo.
- No soy policía, no al menos cómo usted piensa. Aunque, desde luego, soy una autoridad aquí.- contestó con una sonrisa, como quien explica una obviedad a un niño.
La puerta del ascensor se abrió y entramos. El señor Ockham pulso el botó correspondiente al quinto piso y la puerta se cerró. En la cabina del ascensor sonaba una música, no la reconocí, aunque sonaba a música clásica. Me llamó la atención no en sí la pieza, sino que sonara. El hotel estaba calcinado, destruido, y en el ascensor seguía sonando el hilo musical. Curioso. 
Al llegar a nuestro destino el ascensor lo anuncio con una voz femenina agradable. Esto también funcionaba. 
La planta donde estaba la habitación de Alan estaba aun peor que el resto del hotel. Todo estaba negro, reducido a cenizas. Los cuadros de las paredes estaban reducidos a nada, la moqueta del suelo ya inexistente y las puertas de las habitaciones destruidas por completo. La visión era desoladora y era lógico pensar que los que allí estaban no tuvieron ni la más mínima oportunidad. Se me cayó el alma a los pies y tuve que hacer un gran esfuerzo para no derrumbarme y empezar a llorar. El señor Ockham me provocaba tal reacción de enfado que no estaba dispuesta a que viera en mi ni un solo gesto de debilidad.
Me señaló la habitación 513 y despegó la cinta policial. Entré despacio, con cuidado de ver dónde pisaba. La maleta de Alan, o más bien lo que quedaba de ella, estaba allí, como rellena de un montón de cenizas. Supuse que serían de su ropa, de la que no había ni rastro. Entré en el baño. Y no se qué me llevó a hacerlo, pero me asomé a la bañera. Quizá, ingenuamente, pensé que estaría allí, tomando un baño relajante, que se sorprendería de verme y que al darme la vuelta el señor Ockham no estaría allí y todo volvería a la normalidad. A mi supuesta normalidad. Pero no fue así. Él no estaba en la bañera. Me quedé mirando los azulejos, extasiada. Algo que brillaba llamó mi atención, pero solo veía el reflejo en los azulejos.No sabía dónde estaba el objeto que provocaba aquel reflejo. Lo busqué con los ojos por la bañera. Me di la vuelta: allí, estaba allí, en una repisa que había colgada en la pared. Era un reloj de oro. Alan no tenía ninguno, así que no podía ser suyo. A no ser… malos pensamientos de cruzaron por mi mente. No, Alan jamás… Cogí el reloj, aprovechando que el señor Ockham estaba contestando una llamada que acababa de recibir en su móvil, y me lo guardé en el bolsillo del pantalón. Me alegré de haber escogido aquellos pantalones negros y no una falda. Las faldas que tenía no disponían de bolsillos y no hubiera podido guardármelo tan rápido. Salí del baño un tanto agitada. ¿Qué me pasaba? No era propio de mi ir cogiendo lo que no me pertenecía. Eso tenía un nombre y, además, constituía un delito en cualquier parte del mundo. Pero no había podido evitarlo. Un impulso me decía que lo cogiera, que era importante. 
- Cuando llegué a casa llamaré a Rocío – pensé – No hay impulsos mágicos que lleven a este tipo de actos – me dije – Algo me pasa, algo relacionado con todo este mal momento, por supuesto, pero algo me pasa. 
Rocío era mi supervisora. Me conocía bien, aunque no tanto como mi analista. Hacía tiempo que manteníamos un contacto más bien ocasional porque ya no era necesaria una supervisión de mi trabajo tan concienzuda. Aun así hablábamos de vez en cuando, comentábamos cómo iban las cosas y al final terminábamos charlando de la vida, la familia y el orden político y social. Prefería llamarla a ella primero, se acercaba más al término amistad, pero con conocimientos y objetividad suficientes para ayudarme. Si era necesario llamaría después a Diana, mi analista, de la que también me despedí hace años, pero sabía que me recibiría encantada. Entonces pensé que cuando llegara debía avisar a mucha gente, contarles lo ocurrido… un sentimiento similar a una gran losa cayó sobre mi pecho.Salí de mi ensimismamiento cuando el señor Ockham pronunció mi nombre. 
- Señora Marfen, ¿se encuentra bien? 
- Si, si – respondí – Creo que no me hace falta ver más. Me gustaría ir a mi hotel a descansar. 
- Claro – respondió él – Ahora mismo la acompaño. 
Bajamos de nuevo por el ascensor con hilo musical y atravesamos el recibidor del hotel en silencio. Los policías seguían en la misma posición que anteriormente y no movieron ni un músculo cuando pasamos por delante de ellos. El coche nos llevó rápidamente al hotel en el que me habían alojado. Antes no me había percatado de qué clase de hotel era, mejor dicho, no me había fijado en absoluto en el hotel que era. Era el Eurostars Hotel Das Letras. Me encantaba este hotel. Alan y yo teníamos previsto un viaje para la próxima primavera a Lisboa con los niños y pensábamos alijarnos en él. Este hotel era un universo de la literatura. Cada habitación está dedicada a un escritor de la literatura universal. En el cabezal de la cama hay colgado un cuadro con un fragmento del autor en versión original. Mi habitación estaba dedicada a Virginia Woolf. En cualquier otra ocasión hubiera estado encantada de leer el fragmento de Mrs. Dalloway que estaba encima de la cama, hubiera ido a la sauna, incluso al gimnasio, pero no tenía ganas de nada. Me desplomé en la cama y comencé a llorar. Toda la tensión acumulada durante el día salía en forma de lágrimas. Eran lágrimas gruesas, que apenas se podían abrir paso por los lagrimales. Toda la frustración, la rabia, la tristeza se concentraba dentro de aquellas lágrimas. Lloré y lloré; Lloré durante horas y cuando ya no pude más me quedé dormida. 



  

martes, 25 de septiembre de 2012

CAPÍTULO XII

Delante de nosotros se extendía un corredor pintado de color verde pálido. Las paredes estaban desnudas y desconchadas en algunas partes. El señor Ockham caminaba despacio, para mi desesperación. Al final del pasillo había otra puerta con un panel de código situado en la pared a la altura de los ojos del señor Ockham. Éste introdujo una numeración.

- 13-35-57-79-91- lo repetí interiormente varias veces para retenerlo en la memoria.

Al otro lado de la puerta estaba oscuro, pero cuando esta se cerró se encendieron todas las luces de una gran sala. Allí no había nadie. La sala era diáfana y en ella había al menos 6 mesas dispuestas de forma paralela. Encima de cada mesa había objetos metidos en bolsas, montones de bolsas con un cartelito delante con un número. El señor Ockham me guió hasta una de las mesas y me señaló el número 13. Detrás había dos bolsas. En una de ellas se podía ver una alianza, nuestra alianza sin duda, una cadena de oro que Alan solía llevar con dos plaquitas. En una ponía su grupo sanguíneo y en la otra había grabada una foto de nuestros hijos. Esta última fue un regalo de los niños por el día del padre de hacía tres años. Los ojos se me llenaron de lágrimas. Cogí la segunda de las bolsas y la abrí. Había un billete de avión, una cartera y una llave de aspecto extraño. El billete era para dentro de dos semanas y el destino: el Tíbet. Esto no podía ser de Alan- pensé - pero no compartí este pensamiento con el señor Ockham. Un impulso me llevó a cogerlo todo y a asentir. 
- Sí- dije casi en un susurro - Estas cosas son de mi marido. ¿Puedo...?
- Creo que no habrá ningún problema en que se lo lleve si es su deseo, como supongo. Deberá firmar la retirada de los objetos.
- Por supuesto - supuse que era lo habitual, pero mi suposición se basaba más en las películas que en el conocimiento real del hecho.
El señor Ockham se dirigió a una de las paredes y haciendo un aspaviento con la mano vi cómo cogía una carpeta de una estantería metálica, en la que yo no había reparado hasta ese momento.
Me tendió un folio en el que ponía mi nombre y que retiraba los objetos encontrados en la habitación que Alan ocupaba y que, reconocidos posteriormente por mi, se concluía le pertenecían. Bueno, era más o menos cierto. Había algunas cosas que no reconocía, pero... Firmé el documento y se lo entregué.
Me entregó las dos bolsas y me invitó con un gesto a abandonar la sala. Hicimos el recorrido de vuelta en silencio. Nos despedimos del guardia de seguridad y el señor Ockham me acompañó hasta el coche. De nuevo sostuvo la puerta hasta que hube entrado y después subió al coche por la puerta contraria.
- Al hotel - le ordenó al chófer.
- Si, señor

miércoles, 19 de septiembre de 2012

CAPÍTULO XI


El coche era un mercedes último modelo, gris plata con los cristales tintados. Un amable chófer me saludó cortésmente y me abrió la puerta del asiento de atrás, donde me deslicé queriendo que los asientos me engulleran. El viaje duró algo menos de una hora y transcurrió en completo silencio. A mitad de viaje Henry, como dijo llamarse el chófer cuando se presentó, me preguntó si necesitaba algo o si quería escuchar algo de música. Le contesté que estaba bien y que pusiera lo que a él le apeteciera escuchar. Sintonizó un dial de la radio donde ponían viejas canciones de los años cincuenta. Cuando llegamos al aeropuerto se despidió de mi igual de amablemente que se había presentado, se aseguró de que embarca y despareció entre los coches. 

El vuelo transcurrió sin incidentes, pero me sentía extraña. Esperaba encontrarme con las esposas de algunos compañeros de Alan a las que conocía, pero allí solo estaba yo. 
Quizá han preferido no ir – pensé – tampoco es tan extraño Es un momento muy triste y doloroso, el de la identificación de las víctimas y algunas personas prefieren evitarlo. Lo sabía por propia experiencia, no la mía afortunadamente, si no la de otras personas que habían perdido a sus seres queridos en alguna catástrofe. Había sido cooperante en situaciones de emergencia, como psicóloga claro. Estuve presente en el 11 – M. Fue horroroso, aniquilador, angustiante; creo que, con diferencia, la situación más desconsolada que había visto. Por desgracia estaba viviendo mi propia experiencia de desconsuelo. 
Cuando llegué a aeropuerto de Lisboa otro chofer igualmente uniformado y amable me estaba esperando. Este se presentó como Robert. Todo seguía pareciéndome irreal y me dio por pensar que no le pegaba el nombre para nada; seguro que era falso. Me llevó hasta el hotel donde un hombre alto, rubio y de grandes ojos verdes salió a recibirme. Se presentó como el señor Ockham. Era especialmente guapo, de facciones angulosas y piel sorprendentemente bronceada para lo rubio que era. Tenía un poco de flequillo que le caía sobre los ojos, un peinado algo juvenil, pensé, para un hombre de su edad. Claro que me había hecho a la idea de que era mayor por la voz tan grave que tenía. Seguramente no pasaría de los cuarenta. 
- Señora Marfen – dijo al tiempo que me ofrecía su mano y me daba un ligero apretón – siento mucho su pérdida y las circunstancias en las que se está desarrollando todo, de veras. 
- Gracias – le respondí algo seca. Notaba como me iba encendiendo – Ahora me gustaría que fuera usted más explícito que por teléfono. Comprenderá mi confusión. He venido hasta aquí sin saber muy bien a qué me enfrento. 
- Desde luego. Le explicaré todo, aunque, a lo mejor quiere primero subir a su habitación y descansar un poco. 
Mi cólera iba en aumento. Notaba como la ira subía encendida por mis mejillas y mis ojos intentaban salirse de sus órbitas. 
- ¡No! ¡No quiero descansar, ni subir a la habitación ni nada de nada! – intenté serenar mi voz y bajar el tono. No quería formar un escándalo en el hall del hotel - Solo quiero que me explique qué diantres ha pasado con mi marido. ¿Por qué he venido sola? ¿Dónde están las mujeres de los compañeros de Alan? ¿Solo he venido yo o es que no han avisado a nadie más? ¿O es que solo ha muerto Alan? 
- Tranquilícese señora y acompáñeme por aquí por favor. No quería ofenderla; mi intención era ser amable. 
Estaba harta de tanta amabilidad, buenas palabras y aparente normalidad que aquellos tipos le daban a lo que estaba ocurriendo. Estuve a punto de decírselo, pero logré controlarme y lo dejé en una mueca que expresaba más o menos lo mismo. 
Me dirigió a las escaleras del hotel y descendimos hasta el garaje. Allí nos esperaba un coche. 
Notaba materializarse el enfado dentro de mi. ¿Es que estaba metida en una película de ciencia ficción o qué? Me metí en el coche después de taladrar a mi anfitrión con la mirada. Él estaba sosteniéndola caballerosamente esperando a que yo entrara en el coche. Una vez la hubo cerrado se subió al coche por la puerta contraria y ordenó al chófer que nos llevara a la calle…. 
- Entiendo su enojo, señora Sauvent – el baile de apellidos me estaba poniendo de los nervios.- Perdón – se corrigió – señora Marfen. 
- Parece estar muy al corriente de toda mi vida y la de mi marido. Y de los movimientos que ambos hacemos – le inquirí 
- Oh- dijo él agitando la mano en el aire con además de rechazo – No es ningún misterio. Trabajo para el banco de su marido desde hace más de treinta años y conozco casi todos los entresijos y comentarios de sus empleados. Es mi trabajo. 
¡Treinta años! ¡Venga ya! – pensé– si no tiene más de cuarenta. 
- ¿Su trabajo? ¿Me está queriendo decir que su trabajo consiste en husmear en la vida de los empleados del banco? – lo dije en un tono bastante soez, la verdad 
- Sí, es lo que le estoy diciendo. Y, desgraciadamente para usted, es lo único que le puedo decir de mi trabajo, dadas las circunstancias. 
- ¿Cómo “dadas las circunstancias”? – a pesar de su advertencia no me iba a dar por vencida. 
- Hemos llegado – y así zanjó nuestra pequeña conversación. 
Bajé del coche con el cabreo creciendo en mi interior. El dolor que yo traía estaba dejando paso a la guerrera que llevaba dentro. El señor Ockham me dirigió a un gran edificio. Caballerosamente, como siempre, fue abriendo las puertas y sosteniéndolas para que yo pasara. Llegamos a un pasillo en el que al final había un vigilante al que señor Ockham saludo y entregó una tarjeta que extrajo de su bolsillo. Era el final del pasillo y me pregunté a dónde nos dirigíamos, pero decidí callar y esperar. 
- Buenos días señor – le saludó el vigilante - ¿Quién es su acompañante? 
- Es la señora Sauvent. Venimos a identificar los objetos hallados en el hotel. 
- Muy bien. Buenos días señora. Adelante – y dicho esto tecleó algo en el ordenado que reposaba en su mesa y una puerta, en la que yo no había reparado, se abrió en la pared que había delante de nosotros. 
Le devolví el saludo con una inclinación de cabeza al pasar por su lado y seguí al señor Ockham tras la puerta, que se cerró nada más hube terminado de pasar.

CAPÍTULO X


Los chicos llegaron entre risas, empapados hasta los huesos y hambrientos. Les mandé a la ducha y preparé algo para que cenaran. Desde luego el día se estaba haciendo eterno. Cuando estuvieron listos y hubieron comido algo me dispuse a contarle la mentira ardida por mi madre. En un ejercicio de disociación como jamás había hecho logré convencerles de que no sucedía nada más que lo que les estaba contando, que no sabía el alcance de la tragedia a la que iba a acudir en calidad de psicóloga y que la abuela estaba encantada de pasar con ellos el tiempo que yo estuviera fuera. Pero había una pregunta que no habíamos previsto: 
- Y papá, ¿cuándo llega de Lisboa? ¿no dijo que llegaba el lunes? Si llega el lunes la abuela no tendría que venir y dejar sus clases – dijo Adrian y, no sé porqué, intuí que algo sospechaba. 
Mi madre y yo nos miramos. Noté como nuestros pensamientos casi podían comunicarse. 
- No sé cuándo vuelve papá exactamente, no está muy claro que hayan resuelto las cuestiones del banco para el lunes. Y, no Adrian, ¿me has oído? – notaba cómo Adrian desconectaba de la conversación al oír mi negativa -. No podéis estar solos ni siquiera un día. ¿Quién comprará, cocinará, os llevará a las actividades si estáis solos? Se perfectamente que podéis quedaros solos en casa, pero estar en casa supone algo más, ¿entiendes cariño? Seguro que papá agradece que esté la abuela mientras yo estoy en fuera. 
- Vale, mamá – respondió Adrian de mala gana -. Pero que sepas que aprenderé a cocinar para poder quedarnos solos la próxima vez. 
Su comentario arrancó de mis labios una sonrisa. Sabía lo testarudo que podía llegar a ser mi hijo y ya le imaginaba en la cocina con los cuadernos de recetas de su abuela. Mi madre había confeccionado un montón de cuadernos de recetas por categorías: primeros platos, carnes, pescados, etc. Libros que yo heredé, por así decirlo, cuando me casé. La razón fue que no sabía hacer prácticamente nada en la cocina, de lo que echaba la culpa a mi madre, quien siempre priorizó el que yo estudiara por encima del aprendizaje de cualquier tarea doméstica. Así que los primeros años de matrimonio Alan tuvo que probar muchas comidas algo quemadas, o pasadas o poco hechas. 
- Bien – concluyó mi madre – Entonces todo el mundo a la cama. Dad un beso a mamá que mañana se irá más temprano que nosotros. 
Sara me besó dulcemente en la mejilla y yo le devolví el beso pidiéndole que se portara bien en mi ausencia. Adrian se acercó a mi, me cogió de las manos y muy serio preguntó: 
- ¿Va todo bien mamá?- este chico me conoce bien, pensé. ¡Aguanta! 
- Sí, cariño, claro. – respondí con gran esfuerzo – Estoy un poco preocupada por lo que me pueda encontrar al llegar a la catástrofe. Solo es eso. En realidad no era del todo una mentira- Pórtate bien y haz caso a la abuela, ¿vale? 
- Vale, mamá. No te preocupes – se dio por vencido y me dio el beso.- Buenas noches. 
- Buenas noches- le respondí según se daba la vuelta, al borde ya de las lágrimas. 
Cuando Adrian desapareció de mi vista me desplomé en el sofá, hundí la cara entre mis manos y rompí a llorar. Mi madre se sentó a mi lado y me abrazó. Lloré durante horas hasta que el cansancio pudo conmigo y me quedé dormida en el sofá. Tuve un dormir atormentado, con sueños macabros en los que aparecían cadáveres calcinados y donde un policía me enseñaba una cabeza totalmente quemada a la que solo le quedaba algo de carne a la altura de las mejillas; cuando me acercaba para comprobar su identidad la cabeza comenzaba a gritar pidiendo socorro, abriendo la mandíbula desmesuradamente, dejando al descubierto todos los dientes. Me desperté bañada en sudor y agitada. Eran las cinco y media. Decidí darme una ducha y desayunar. La maleta estaba allí, abierta. Mi madre debía haber metido mis cosas en ella después de que me quedara dormida. Comprobé que no faltaba nada más que la bolsa de aseo y me fui a duchar. El agua caliente caía por mi rostro y por mi cuerpo e hizo que me encontrara un poco más sosegada. Cuando estaba preparando el desayuno mi madre apareció en la cocina. 
- No has dormido bien, ¿verdad? Hablabas en sueños, como cuando eras pequeña – sonrió tiernamente al recordar aquellos años. 
- He tenido unas pesadillas horribles.- le contesté al tiempo que le daba un beso- ¿Te preparo un café? 
- Si, por favor. Yo tampoco he dormido. 
Mientras desayunábamos puse a mi madre al corriente de las actividades de mis hijos, de los exámenes que tenían esa semana y de algunos recados que debía hacer en mi ausencia. 
- Intentaré llamar a Isabel antes que ella llame a casa. De todas formas, si llama pídele que me llame al móvil, ¿vale? – le pedía mi madre. 
- De acuerdo, hija. No te preocupes por nada. Ahora termina de arreglarte casi es la hora.

CAPÍTULO IX


Después de unos minutos intenté serenarme. Me lavé la cara con agua fría, me sequé el pelo, me puse un cómodo chándal y bajé las escaleras dispuesta a hablar con mi madre y los niños.
- ¿Qué pasa? – me preguntó mi madre según bajaba las escaleras. Ella siempre tan intuitiva, me dije. – Los niños se han ido con la piragua al pantano. Ha sido idea mía – dijo sin dejarme abrir la boca para protestar- Quizá he hecho mal, pero creo que algo sucede, ¿no es así?
¡Dios mío! Que poco me gustaba que los niños fueran solos al pantano a montar en piragua. Era un miedo absurdo basado en la cantidad de historias macabras, y seguramente falsas, que había oído en mi niñez sobre ese pantano. Aun así en aquel momento agradecí que mi madre les hubiera sugerido que se marcharan.
- Sí, algo sucede, mamá – fue todo lo que pude decir y rompí a llorar.
Mi madre me rodeó con sus brazos consolándome, tal y como solía hacer cuando era niña y sentía que algo injusto me había sucedido. Me rodeaba con sus brazos y yo lloraba en su regazo hasta hartarme. Era como dejarle a ella mi llanto y mi angustia. Cuando terminaba me sentía liberada, como si la bola de angustia hubiera salido de mí a través de mis lagrimales y se hubiera quedado esparramada en su camisa.
- ¡Háblame! – me ordenó. Se estaba asustando. Una cosa es que llorara de niña desconsoladamente y otra a mis treinta y tantos.
Me separé un poco de ella e intenté serenarme. La bola de angustia no se había quedado en su bata. Seguía allí, dentro de mí, avanzando a sus anchas. Pronto la tendría extendida por todo el cuerpo y me paralizaría, seguro.
- Es Alan – conseguí decir – Me han llamado que ha habido un accidente en hotel y… - rompí a llorar de nuevo.
- No, Becky, por favor, dime que Alan está bien. – Mi madre adoraba a Alan. Siempre le había parecido lo mejor que había podido encontrarme en la vida. Para ella era trabajador, caballeroso, responsable, cariñoso, buen marido y, después,  buen padre. En realidad era cierto, Alan era todas esas cosas y también un cabezota de cuidado, pero ¿quien es perfecto?  Ahora me parecía que sus defectos no existían, que mi marido era, había sido, el reflejo de la perfección.
No era capaz de decir nada. Mi madre me miraba con los ojos desorbitados, interpretando mi silencio. Mis lágrimas seguían el curso de mis mejillas, bajaban por mi cuello, se colaban por el escote de la camiseta. No podía parar. Entonces los ojos de mi madre se inundaron de lágrimas también. Era un llorar silencioso, con el nudo en la garganta contenido. Solo había visto llorar a mi madre en dos ocasiones: cuando murió mi padre y ahora. Era una mujer de carácter fuerte y emociones contenidas, sobre todo las que denotaban dolor. Me abrazó. Me abrazó como cuando era niña, pero esta vez le devolví el abrazo. La estreché contra mí como si fuera a marcharse y no volviera a verla nunca más. Como habría abrazado a Alan si hubiera tenido la oportunidad. Me sentía en una nube, pero  en una oscura y gris, de esas que traen una gran tormenta. Después de un rato solté a mi madre que seguía llorando abatida. La llevé hasta el sofá y le ayudé a sentarse. Me sequé las lágrimas con los puños de las mangas y puse mi cabeza en funcionamiento. Los niños estaban montando en piragua, así que aun teníamos al menos una hora para organizarnos.
- Mamá – dije casi en un susurro – Mamá- repetí un poco más alto-. ¡Mamá!
Tuve que elevar la voz para sacar a mi madre de su ensimismamiento.
- Hija, perdona. Es que no me lo puedo creer, es que parece imposible que ya no… – rompió a llorar de nuevo.
- Mamá, debo ir a Lisboa para hacer la identificación. Mañana vendrán a recogerme.
Mi madre parecía no escucharme.
- Mamá, por favor, te necesito.- Agarré sus manos con las mías y busqué sus ojos llenos de lágrimas.-  Necesito tu entereza. Por favor mamá. Los niños llegarán en un rato y tengo que darles la noticia.
- No se lo digas Becky – suplicó mi madre.
- ¿Cómo no voy a decírselo? – repliqué casi enfadad – ¡Es su padre! Tienen todo el derecho a saber que ya no le volverán a ver.
- No se lo digas – volvió a repetir -. Ve a Lisboa. Averigua qué ha pasado, trae a Alan y después te prometo, te juro, que te ayudaré a decírselo.
- No, mamá…
- Por favor.- repitió ella -. Aún no sabes qué ha ocurrido, ni en que condiciones encontrarás a Alan… - hizo una pausa. Pude notar cómo se le hacía de nuevo el nudo en la garganta.
- Vale mamá, vale – no me quedó más remedio que ceder -. No les diré nada de Alan, pero algo tengo que decirles porque me voy mañana y no se cuándo volveré. Ellos tienen clase y…
- Vale, vale, vale. – Mi madre paró mi creciente verborrea levantando su mano. Esto es lo que vamos a hacer - dijo mientras intentaba con poco éxito secarse las lágrimas -:  yo me iré con los niños mañana después de comer y me quedaré con ellos en vuestra casa hasta que vuelvas, ¿de acuerdo?
- Está bien – dije casi en un susurro. Parecía que me iba apagando.
-  Tu harás una pequeña maleta ahora y cuando vengan los niños les diremos que te vas a atender una emergencia. Me haré la loca ante sus preguntas y ya está.
Era un buen plan. Yo pertenecía a un grupo intervención psicológica en catástrofes y emergencias. No solían llamarme a menudo, pero una excusa perfectamente creíble. Mi madre era una excelente conductora y se llevaba fenomenal con los niños. pasar unos días con ellos no era ningún problema. Había un horario en la puerta del frigorífico con todas sus actividades diarias. Mi madre solo tenía que aguantar el tipo ante las preguntas de mis hijos sobre qué había ocurrido, si yo había llamado, cuándo volvería…

CAPÍTULO VIII


 - ¿Si? – respondí ansiosa 
- Señora Marfen, ¿se encuentra usted mejor ahora? – pregunto la misma voz de la llamada anterior. 
- Pues no, la verdad es que no. Me gustaría saber para empezar quien es usted y dónde está mi marido, si es que usted lo sabe. 
- Soy el señor Ockham, William Ockham ¿de acuerdo? Le llamo desde Lisboa. Soy el encargado de avisar a las familias de los congresistas del Banco Central, que se alojaban en el Hotel Jerónimos Park del estado de sus parientes. La cabeza empezó a dar vueltas otra vez 
- Pero, pero… - no conseguía hilar dos palabras seguidas – ¿qué es lo que ha ocurrido? 
No sabía porqué empezaba a creer a aquel hombre. Podía ser cualquier majadero. Pero algo me impulsaba a seguir escuchando y creer su historia. 
- ¿Es que no ha visto las noticias? – preguntó entonces con tono reprobatorio. 
Bueno, era fin de semana, estaba en mi lugar de descanso, con mis hijos, apartados del mundo real. No habíamos puesto las noticias ni una sola vez desde que llegamos. 
- No - fue todo lo que pude contestar 
- Señora Marfen, siento decirle que ha habido un gran incendio en el hotel la pasada madrugada. Su marido y algunos compañeros habían salido a cenar y a tomar algo; regresaron a eso de las dos de la madrugada, según nos ha informado el conserje de noche. El incendio se provocó a las cinco. Todos estaban acostados y posiblemente bien dormidos. No se ha podido hacer nada por ellos, más que rescatar sus cuerpos. 
Paró de hablar, aunque en mi interior sabía que no había terminado. Quería oírlo todo de un golpe. Tomé aire. Me estaba ahogando. 
- La mayoría de los cuerpos están calcinados. Hemos hecho algunas identificaciones por la habitación donde hallamos cada cuerpo. Quizá los familiares puedan corroborar nuestro trabajo. Aun quedan anillos, cadenas y algunos objetos personales que nos pueden ayudar. 
- Continúe – le insté. Las lágrimas empezaban a resbalar por mis mejillas. 
- Si es posible preferimos que los familiares se desplacen a Lisboa. Sería más fácil a la hora de repatriar a sus seres queridos si la identificación se hace aquí. Pero si esto le causa muchos problemas… bueno veríamos a ver de que manera… 
- No – respondí de forma rápida – no será necesario. Me desplazaré a Lisboa. Dígame dónde me tengo que dirigir. 
- No se preocupe por nada señora Sauvent – volvía a utilizar mi apellido de casada – Un coche la recogerá mañana a las siete de la mañana en casa de su madre para llevarla al aeropuerto. ¿Por qué es allí donde está, verdad? 
- Si – acerté a contestar. Mi cabeza ya estaba hilando cómo le daría la noticia a los niños. 
- Muy bien. Entonces hasta mañana. Y, de verdad, le acompaño en el sentimiento. 
- Gracias 
Me senté. Necesitaba ordenar mis ideas y poner mis sentimientos a un lado. Alan. Dios mío, pensé, ¿cómo ha podido pasar? Ayer éramos una familia feliz y hoy éramos una familia rota. ¿Qué había cambiado en nuestras vidas que hubiera dejado un resquicio para que la mala suerte se colara en ellas? Recordé la conversación con Alan del día anterior. ¿Este era el mal presentimiento que tenía mi marido cuando hablamos? Cuánto me hubiera gustado poder despedirme de él. ¡¡¡Por Dios!!! Esperaba que no hubiera sufrido, que el humo le hubiera dejado inconsciente, al menos, antes de sentir el fuego en su piel. Las lágrimas volvieron a brotar de mis ojos de forma incontrolada, pero silenciosas. No quería ni pensar en el horror y el dolor que podía haber sentido de haber estado consciente. No, me dije a mi misma, seguro que inhaló el humo dormido antes de que el fuego llegara a su habitación- El señor Ockham no me había dicho dónde había comenzado el fuego, pero tampoco me había sugerido que hubiera empezado en la habitación de Alan. Era poco probable. La suya fue una muerte plácida. Seguro. Tenía que serlo. Me sequé las lágrimas con papel de cocina. El señor Ockham. Como un relámpago una asociación de ideas vino a mi mente. ¿De qué me sonaba a mi ese nombre? Rebusqué en mi memoria: algún paciente, algún padre de algún paciente, algún amigo de mi padre, alguien de la infancia, … No, no buscaba en el lugar correcto. Me asomé a la puerta de la cocina y vi a los niños tumbados en un sofá viendo la película. Detrás del sofá había una gran pared con unas estanterías que mi madre hizo colocar a mi padre cuando se trasladaron definitivamente. Estaba abarrotada de libros porque mi madre era una lectora empedernida. Lo mismo le daba leer novelas de Daniel Stilton o Barbara Wood, que el último libro sobre la teoría de la evolución. Era una auténtica devoradora de conocimientos y sabía apreciar las virtudes de casi todos los libros. ¡Ahí está! Saqué un libro de historia de la Psicología y busqué en el índice. la página donde debía dirigirme. Empecé a recordar: William Ockham fue un interesante, pero prácticamente desapercibido, autor de algunos textos que estudiamos durante la facultad. Ockham era un “adelantado” a su tiempo. En uno de sus textos proponía dos principios básicos; el primero pertenecía a la teología natural: Dios puede hacer todo lo que, por ser hecho, no incluye contradicción. El segundo principio decía algo así como que no hay que multiplicar los seres sin necesidad y hacía referencia a su teoría del conocimiento, del que extrae doscientas cuarenta y seis conclusiones. Me acordaba del número porque estuvimos bromeando sobre la cantidad de conclusiones a las que había llegado cuando estudiábamos para el exámen un par de compañeros y yo. La tesis fundamental de Ockham era su principio de economía según el cual siempre es más válida, en el sentido de más verdadera, la doctrina que explica la realidad de tal modo que con un menor número de hipótesis se solucionen un mayor número de problemas. Decía algo así como que no debe admitirse pluralidad sin necesidad. ¡Cómo la vida misma!, decíamos cuando lo estudiábamos. Este principio básico se conoció como la Navaja de Ockham y, según esta, se rechaza la teoría de la especies inteligibles, tomista (naturaleza común a muchos) y la teoría de las formalidades de Scoto y proclama la primacía de lo singular sobre lo universal. Las proposiciones científicas podían ser suplicadas por algunos de los individuos de una misma especie. Ockham negaba la existencia mental de cualquier otra cosa que no fueran las imágenes sensibles que siguen a toda sensación o percepción de la realidad. Bastaría, pues, para conocer la memoria, siendo innecesario el que se tengan conceptos universales y, por tanto, que haya que presuponer una capacidad intelectiva superior, del tipo del entendimiento agente que supusiera Arisóteles. Éste decía de él que, según la escolástica trataba los datos proporcionados por los sentidos. No había, según Ockham, conceptos y esta inexistencia no es solo en el plano de lo objetivo, sino en el mental; son meras voces, nombres, palabras, que nos son útiles para economizar las palabras utilizadas. Recuerdo que me resultó muy interesante porque siendo un hombre medieval se separó de las ideas que habían llegado hasta sus días e incluso de la que versaba en sus tiempos. 
Pero, ¿podía ser que el apellido hubiera perdurado tanto en el tiempo o era una simple coincidencia? Y ¿por qué no se había querido presentar aquel hombre en la primera de nuestras conversaciones telefónicas? Una fotografía cayó entonces del libro. En ella se veía a Alan, con... ¿con mi madre? Era mi madre, no cabía duda. aparecía otra mujer de mediana edad y un hombre algo más mayor que mi madre y la otra mujer. Por el aspecto de Alan la foto no tendría más de un par de años. ¿Cuándo se la habían hecho? La volví a poner donde estaba. Ya preguntaría por su origen. Ahora debía pensar. 
Mi cabeza daba vueltas sin descanso y sin encontrar rumbo. Alan… Alan… no podía ser. ¿Cómo iba a explicárselo a los niños? Subí al primer piso donde mis padres habían hecho un gran cuarto de baño con una gran bañera. De esas en las que uno entra completo y estirado con una repisa alrededor donde colocar jabones aromáticos o velas para una noche romántica. Velas que sabía guardaban en el armarito que estaba justo detrás de la bañera. De verdad que eran románticos mis padres, pensé. 
Llené la bañera, eché unas sales con aroma a vainilla que tenía mi madre en una estantería y me sumergí en el agua. Necesitaba relajarme para pensar con claridad. Me sumergí por completo varias veces intentando dejar los malos pensamientos bajo el agua y que al emerger mi mente estuviera clara, pero era bastante difícil, por no decir imposible. Después de cuarenta y cinco minutos y de ver cómo los dedos de mis manos estaban encallados, salí de la bañera cogí una toalla y me envolví en ella. Tomé otra del armario que mi madre había destinado a las toallas, uno de color hielo envejecido con unos bonitos tiradores azules, y me recogí dentro la cabeza. Me puse frente al espejo y vi mis pequeñas arrugas alrededor de los ojos más marcadas que hacía unas horas; incluso parecía que tenía ojeras. Me sentí cansada y abatida y rompí a llorar.

CAPÍTULO VII


- Soy yo. ¿Quién es usted?
- Quién soy yo no importa – contestó la voz – Llamo para informarle que su marido ha fallecido. Lo siento muchísimo señora Sauvent. Ha sido un terrible accidente. La organización del congreso pone a su disposición el medio de transporte que desee para trasladarse a Lisboa lo antes posible y hacerse cargo de los restos de su marido o si lo prefiere….
Había dejado de escuchar. Me había quedado paralizada. Con el teléfono en la mano, la boca abierta y los ojos saliéndose de mis órbitas. La voz al otro lado se había callado. Estaba claro que aguardaba una respuesta.
- Perdón – logré articular - ¿Cómo ha dicho? Esto tiene que ser un error. Alan no …. ¿Quién ha dicho usted que era?
- Señora Marfen, no se preocupe. Entendemos su dolor. Volveré a llamarla en unos minutos. 
Y colgó. Estaba paralizada, totalmente paralizada. No me respondía las manos, no podía cerrar la tapa del teléfono. No podía pestañear y mi cerebro parecía haberse colapsado. Agradecí que mi madre y los niños estuvieran en el salón ajenos a mi conversación telefónica y a mi reacción.
Un momento – pensé – la última vez había usado mi apellido. ¿Quién era ese individuo? ¿Cómo sabía que mi apellido era Marfen aun? ¿Por qué había colgado?
Busqué rápidamente en la lista de llamadas recibidas y marqué el último número que me había llamado.
- Hola Becky. Te llamé ayer con el número del trabajo de Phill – era mi amiga Isabel, y Phill su marido– he perdido el mío, ya sabes lo despistada que soy. Te llamaba a ver qué tal estabas. Creo que se iba Alan a … a algún sitio fuera del país, ¿no? Pues eso, que organizamos una cena esta noche en casa. Venid tu y los niños. Será divertido.
Cuando mi amiga Isabel empezaba a hablar era casi imposible pararla. Mi cabeza daba vueltas y vueltas sin entender qué había pasado. Oía sus palabras a lo lejos mientras me preguntaba qué había sido del número de aquel individuo que me acababa de llamar. Yo misma lo había visto en la pantalla del móvil.
- Isabel … esto ... umm – me mordí el labio inferior. Lo hacía siempre que tenía que pensar con rapidez y en varias cosas al mimo tiempo – eh… verás. Es que estoy en casa de mi madre y no tenía previsto volver a casa hasta mañana. Te lo agradezco de veras. Quizá otra vez.
- Oooh, vaya – suspiró mi amiga – Vale, pues nada. Lo entiendo, no vas a venirte ahora precipitadamente para cenar con tus buenos amigos y echar una partidita a la Wii, dejando allí a tu madre, ¿no?
Intentaba convencerme. Siempre lo hacía. A menudo lo conseguía porque la mayoría de las veces yo me negaba a sus planes, que no eran tan cívicos como el de este fin de semana, para luego dejarme convencer no se de qué modo ni manera. Lo normal es que incluyeran alguna excursión en piragua con los niños, o escalada, o cualquier cosa que pusiera mis nervios a flor de piel. Y siempre, cuando volvíamos, tenía que reconocer que lo había pasado estupendamente, pero juraba y perjuraba que no volvería a dejarme convencer por ella.
- No, Isabel; este fin de semana no. Me apetecía estar con mi madre, ¿vale? – sin querer había usado el pasado.
- Vale, vale. No insisto. ¿Nos vemos el lunes?
- Eh, el lunes… - dudaba de mis propias rutinas. Era increíble. – Si, claro, como siempre.
Los lunes por la mañana Isabel y yo tomábamos café después de dejar a los niños en el colegio. Después íbamos a la peluquería, al contrario que la mayoría de las mujeres que se arreglan para estar guapas el fin de semana, a Isabel y a mi nos gustaba arreglarnos los lunes. Nos decíamos a nosotras mismas: "para estar arregladas toda la semana". Pasábamos la mañana juntas, la única mañana que ambas teníamos libre. El resto de la semana Isabel trabaja por turnos en una clínica como enfermera y yo atendía mi consulta en un horario bastante poco rutinario. Siempre decía que me gustaría tener un horario equilibrado y homogéneo, en que todos los días tuvieran su principio y su fin. Y así era, pero la mayoría de las veces no lo sabía de un mes para otro en el mejor de los casos.
Me senté en una de las sillas de madera de la cocina. Metí la cabeza entre mis brazos y me agaché hasta hacerme un ovillo. No podía llorar. No hasta saber qué había pasado. No podía ser que Alan hubiera… no podía ni pensar en la palabra. El teléfono sonó de repente y me incorporé rápidamente.